el irracional

'How am I to get in?' Asked Alice




Si-es-ta

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- Dime lo que ves.
- La mujer con las piernas abiertas y los brazos en cruz, ha quedado aniquilada; tumbada en la arena de la playa bajo la luz de la luna que brilla sobre su cuerpo desnudo, permanece inmóvil. Puede que se arrepienta de no seguir a su amante para pedirle perdón; seguro que en estos momentos huye para alejarse de todos los que les conocen. Creo que les pudieron empezar a ir mal las cosas cuando se mudaron a una ciudad costera. El pobre hombre habría tocado fondo en dignidad mientras ella le susurraba toda la verdad al oído cuando hacían el amor.
- En efecto, él terminó su sesión en bancarrota, rebuscaba por la mañana calderilla en los bolsillos para dar limosna a los pobres y al final del día nadie daba nada por su alma.
- Ahora date la vuelta y mira a tu derecha: él es de carne y hueso, míralo, se apresura a llamar a un taxi para que le lleve al aeropuerto.
- Se mueve nervioso, le suda la frente…
- Lo peor de todo es que desconoce su precipitado final, la próxima semana sentirá un fuerte dolor en el pecho justo antes de que le reviente el corazón.
- Ahora que lo dices: es cierto. Vi esta mañana a un varón de unos cuarenta y tantos, estaba tendido en el suelo a la salida del metro, con la camisa abierta, rasgada por alguien del servicio móvil de asistencia médica. Es un infarto, decía un barrendero, y todos sabemos, hasta los barrenderos, que es uno de los principales riesgos que corremos en esta vida moderna...
- En esta vida moderna. Claro. Aquí quería que llegases.
- No lo entiendo todavía.
- ¿No lo entiendes todavía? Le ves todavía huyendo pero, en realidad, ya ha acabado todo.


Tus canciones

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De tu futuro disco, para que no te quejes:

Lluvia ácida:
Es que el patio de mi casa es particular/ cuando llueve acido se moja/ como nos mojamos todos los demás/ mi patio esta embarrado como tú y tu ciudad/ déjate los rulos puestos y verás...
La primera canción instrumental con un par de frases al final:
Me como una manzana y parto la rama/ que las pisen o que os pisen/ para que las otras se pudran ya/ y como están todos los demás.
Lejía amiga:
Me pasas o te paso/ se va la vida a trozos y no gozo/ pondré los calcetines en remojo /tus bragas y mis ganas/ lo lavo todo a mano en una colada fría/ será lejía amiga.
Primera canción de amor:
... si no estas tu me pongo a raya/ o me ponen a raya, las rayas/ no quiero que te vayas.
Shara Sierra:
Has visto tu padre al despegar/ ha tomado tierra ya/ tocando suelo y fondo no va más/ va a ser Shara Sierra su amante en realidad/será que vale y que valdrá que vale asesinar/ serán cartas o cartas santas/ Shara santa es el final/salta al final/ santa al final/ Shara Sierra con tus hijos a parar.
Franco y tirador (segunda canción de amor):
Si te dijo que no es que te dijo que no/ y no te quiere ver/ a si que lo mato ya/ deja al franco tirador que llevo dentro/ le volaré la tapa de los sesos/ y si no te quiere de verdad te juro que te querrá.


Si te pones la guitarra en hora mejor.


Veo que te marginas

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La madre con los ojos en cruz piensa en todo lo que ha tenido que vivir y lo poco que le queda de vida. Su hijo se pone un poco triste, pero se pone.

De Adicto en su rutina, por C. Índico.

Son las 21.25 de la noche, viajan sentados en los primeros asientos del bus, desde donde se ven todas las calles a lo largo iluminadas de azul; el come su hamburguesa tranquilo y su madre le mira con piedad (porque teme a esta ciudad como a una vejez dolorosa y sola) deseándole, casi sin esperanza, todo lo mejor en esta vida.


Vuelve la QH

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Son las ocho y treinta y cinco de una tarde de domingo, he visto dos películas, una buena y otra regular, he estado comiendo papas fritas y no he parado de beber coca-cola. Es lo mismo que solía hacer hace diez años, alguno de esos domingos en primavera que, por casualidad, me pasaba en mi pueblo. Entre película y película he hablado un rato con mi madre. Ella no le presta atención a nada de todo eso que nos debe interesar, ni a películas, ni a los telediarios, ni a los rollos multimedia. Sólo a las cosas importantes, dice ella.
El destino se mueve sobre dos engranajes sucios y descuajaringados con unos dientes afilados, y que no paran de girar. A veces pienso que giran y se mueven a pocos centímetros de mí, amenazantes, hábilmente hacen que mi mente se mantenga ocupada y distraída con las cosas de esta vida: con mi trabajo, con mis relaciones sociales, con mi nueva cuenta de ahorro, con la elección de conexión de banda ancha con la compañía con las mejores condiciones posibles, con las próximas zapatillas deportivas de moda que me compraré, con el mejor teléfono de todos los que he tenido hasta ahora que me va a regalar mi hermana porque ella ya tiene otro aún mejor. Si me paro a pensar en mi vida, en mi propia existencia, si intento relajarme y elevarme para verme con perspectiva, los engranajes hacen su trabajo y veo como me descarnan vivo, veo como mi presente no es más que el final de una cremallera que cierra dos tipos diferentes de dientes: errores y desidias. Dónde está todo aquello que había planeado, le pregunto a mi madre. Ella finge no entenderme y me dice que salga un rato a ver a mis amigos. Pero ellos, de algún modo, ya no están, han crecido, hemos crecido. Ella no lo entiende del todo, pero cambia de tema y me pregunta que quiero cenar. Lo que hagas para todos, contesto yo, luego cenaré, más tarde, voy a tocar la guitarra un rato.
Me encerraré en mi habitación, todavía tengo mis discos. Ni siquiera sacaré la guitarra de su funda, mejor ni lo intento. Me encenderé uno de los suaves y bailaré lentamente agitando la pandereta gris al aire y golpeándola sobre mis rodillas, le haré los coros a Nico. Hay cosas que el paso de los años no te pueden robar.
Desde esta mañana que me levanté y puse la tele (retransmitían en la 2 de carreras de caballos) he estado pegado a ella. Ya es hora de que suene un poco de música. Abro el tocadiscos.


Por los desamparados...

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No me engaña el olfato, ni le puede engañar a nadie, a menos de un kilómetro de la autopista de modernidad, a la entrada del pueblo, dan la bienvenida dieciséis marranas de cría; aquí ya no nacen niños solo lechones y al sumidero va su orín con los sueños de una generación que no ha nacido, otra que no nacerá jamás y otra, la última, que ha desaparecido del mapa. No me siento traidor a la tierra húmeda, me revuelco desnudo por ella, olisqueo el rastro de la rabona que donde nace muere y me encuentro con el olor a tierra sincera, analfabeta pero sincera, humilde y sincera (aunque a veces haga el mal).
De todas formas, no pienso pagar por balnearios apartados ni por hoteles en parajes desconocidos, ya tengo mi habitación blanca y muda en un pueblo de la meseta, en un paisaje tan surrealista como un coito de Dalí a Bretón.

Posdata de Semana Santa para mi amigo Jesús: pues sí que sale. Sale. Era cierto que salía, está gordo, seboso, hinchado, y sale a la calle desnudo y le ven los genitales los niños de la vecina; salen a la calle casi cien kilos de carne de esquizofrénico desaseado y sin afeitar. Barba de diez días, locura en progresión más de treinta años. Todos bebimos el mismo agua, no le echaremos más la culpa al agua; todos crecemos, nos hacemos viejos, pero de diferente manera.

Por los desamparados: Padre Nuestro...


Viejo y jodido

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A causa de las últimas investigaciones relacionadas con la clonación humana con fines terapéuticos, pero fruto de la casualidad, sin haber sido previsto ni buscado a propósito, nació un hombre bicéfalo.
- Es lo que estábamos esperando. Lo prepararemos para que se haga cargo del Ministerio de Educación y Cultura –dijo el Supremo-, no son carteras lo suficientemente importantes para dárselas a dos personas.
- Jurará su cargo entonces, el primero del mes siguiente.

Fragmento extraído de Diálogos de Tocino y Velocidad, un relato desconocido de C. Índico.


Eran casi las cinco de la madrugada y viajaba solo y cobarde en el bus nocturno que me llevaba a casa. Me abrigaba con mi chaqueta, tiraba con fuerza de las solapas para intentar cubrirme el pecho un poco más; y no hacía frío, pero me encogía, me sentía asustado entre tanto aliento etílico y psicotrópico. Casi todos ellos eran jóvenes, perdidos en medio de sus años divinos, casi todos nosotros estábamos dejando de ser jóvenes, perdiendo lo poco que nos queda por perder.
No me atreví a sacar del bolsillo de mi chaqueta el último libro que me habían prestado, sentí una especie de temor o vergüenza, y no sé por qué. Pero, de repente y sin quererlo, el libro se abrió ante mí:

Un anciano mendigo que viaja entre nosotros hablaba entre dientes: Todos los jóvenes vuelven a casa, si vuelven, y yo les miro a los ojos y ni se percatan de mi presencia. ¿Tan viejo estoy? Tan viejo soy que ya ni existo a la luz de sus ojos.
Cerca del anciano, un joven con un odioso rostro afilado, miraba desafiante, como si temiese algo o estuviese guiado por una especie de venganza. Esta pose, tan común en esas horas de la madrugada de los sábados, me pareció ridícula; a su lado, una chica muy guapa que podría ser su novia permanecía agarrada a su brazo derecho y se apoyaba risueña en su hombro. El joven, rodeado de una aureola de estupidez evidente, mascaba chicle con soberbia y no paraba de mover la cabeza; en uno de los giros violentos de su cuello topó con el viejo y le miró con desprecio: qué mal huele este cerdo, le susurró a su novia; después se dirigió al pobre anciano: ¡Cerdo! Eres un puto cerdo viejo que va directo al matadero. Va a empezar a llover, a ver si te lavas. El joven estúpido comenzó a escupir al anciano, le escupió en los zapatos, después en el pantalón, en los hombros y en la cabeza. Le terminó escupiendo en la cara.

El anciano levantó el tono de voz: ahora sabéis que sois jóvenes porque se os puede comparar conmigo, yo os hago la comparación; veremos a ver cuando estéis solos y viejos, vosotros que ahora no sabéis que existís, que nunca lo habéis sabido, ya no tendréis identidad alguna, por desconoceros a vosotros mismos; sabréis entonces lo que es el pánico.

En la siguiente parada el bus frenó bruscamente. El anciano se puso en pie dispuesto a salir de allí; renqueante, llegaba ya casi hasta las puertas del bus. El joven le empujó fuera del vehículo. El anciano se tambaleó pero no llegó a caer al suelo, miró hacia atrás con piedad, sin rabia, y comenzó a caminar lentamente, perdiéndose en la fría noche de Londres. Las puertas se cerraron y el bus se puso de nuevo en marcha. La chica suspiró y abrazó al joven estúpido. Estaba verdaderamente enamorada.

Llegué a casa, y tuve que tomarme un par de pastillas para el dolor de cabeza, después empecé a beber lo primero que me encontré por la habitación: ginebra, una bebida que odio por creer que es solamente para cuarentones abandonados. Sentí una especie de culpabilidad extraña. Me quedé dormido muy pronto.

Coda: en el siglo pasado Nietzche mató a Dios, para liberar al hombre, y en éste el hombre se ha matado a sí mismo y ha terminado con cualquier liberación posible.


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